TESTIMONIOS

La conocimos siempre amiga, buscando hermanos por quien morir. Decía de Dios y dejaba su huella.

En mi adolescencia en Zaragoza conocí a Teresita Ortega, que más tarde sería Madre Teresa María de Jesús. Ella estaba en su plena juventud como propagandista de Acción Católica, llena de grandes ambiciones y una sed ardiente de Dios. La fuerza de su palabra contagiaba; su amor a Jesucristo y toda su persona irradiaba un atractivo misterioso. Muchas noches, antes de sus viajes apostólicos, se la pasaba delante del Sagrario en una capilla conocida. Y al día siguiente más que ver su cansancio, percibíamos la sed que la abrasaba en amor a la Eucaristía, así como sus grandes inquietudes de hermanos.

Su gran amor a la Iglesia la llevó a Roma en el Año Santo de 1950 pasando bajo la ventanita del Papa Pío XII, cuya luz veía encendida hasta bastante avanzada la noche. Quería latir al unísono con las preocupaciones del corazón del Papa.

Deseando vivir el Evangelio en una entrega total, y con el consentimiento de su director espiritual, comenzó una aventura apostólica llena de oración y de entrega total en pobreza y austeridad. Llegó así al pueblo de Olmedo, donde se estableció en una casa de familia, muy cerca del Monasterio de Dominicas de la Madre de Dios. Con esta Comunidad, tan necesitada, ella se comprometió; muy unida a su señor Obispo, quien amaba profundamente a esta pobre Comunidad, pudo ofrecer, esta apóstol seglar llena de Dios, una providencial ayuda.

Zaragoza


Trabajó incansablemente con cada persona aprovechando toda ocasión para dar a conocer a Dios.

En Zaragoza Teresita ayudaba y dirigía a un grupo de jóvenes, muy interesadas por la vida contemplativa, que ella formaba sólidamente, y que al ver la necesidad del Monasterio Madre de Dios de Olmedo, las dirigió y les puso el deseo de que fueran con gusto a una Comunidad muy necesitada. Y cual experta Madre Maestra, sin ser todavía religiosa, las fue formando sobre todo en lo más esencial y necesario: humildad, obediencia, entrega, puntualidad, y muy atentas a los pequeños detalles. También se interesó con el Señor Obispo de Ávila para llevar a algunas monjas del Monasterio de Daroca, que ella bien conocía, antes que llegara el grupo de Postulantes que ya estaba preparando y necesitarían luz y dirección segura en sus primeros pasos.

Fue la llegada a Olmedo de unas y otras, mientras el Monasterio se iba renovando y llenando de alegría con toda esta ayuda que Teresita pudo dar, comprometiendo a todos los que podían aportar ayuda. Mas esta alma apostólica de acción incansable con las almas, con sus deseos ardientes de Dios y su convencimiento de la eficacia de la oración más que todos los apostolados, su sed de solo Dios y su deseo de vida retirada y perdida en la contemplación del Único necesario, la llevó a llamar a las puertas del claustro de Santa Paula de Sevilla, para perder su impotencia, como ella decía, en la Omnipotencia de Dios.

Olmedo


Estas paredes antiguas testimonio de santidad, han albergado almas deseosas de vida contemplativa y de puro amor de Dios a través de las generaciones.

Dios dispuso también que después de una buena temporada en Santa Paula de Sevilla, fuera a Madre de Dios de 0, sin quererlo ni dirigir ella este paso. Después de su profesión solemne y también por medios misteriosos (que por brevedad no abundamos en detalles) la Comunidad la eligió Priora desde cuyo cargo imprimió en todas las hermanas, primero con su ejemplo: la observancia más pura en el silencio y en tantos detalles de la vida comunitaria. Y su grito íntimo del alma: "Padre Santo, déjame decirte que me hagas Jesús. ¿No ves que estas monjas quieren verlo? Padre Santo, no nos dejes morir de sed."


La vida nueva ha florecido por todas partes. Lo que fue ya no es. El misterio está en esta novedad profunda donde todo es amor.

Aunque Madre Teresa María era profundamente contemplativa, tenía en su corazón un grito misionero; y el deseo del Concilio Vaticano II de fundar monasterios contemplativos en los países que no los hubiera, no lo pasaba de largo, y llegó a soñar que en el coro del Monasterio entraban todas las razas. Todo el mundo cabía en su corazón, con deseo de llegar a todos.

Puerto Rico


Las hermanas vivieron 34 años en una bella montaña de Utuado, cantando las alabanzas del Señor.

Providencialmente y no por casualidad, el 29 de abril de 1961 nos presentó la madre con gran impresión una carta que había recibido sorpresivamente. Toda la Comunidad reunida en la sala entarimada del Monasterio, esperaba la gran noticia que la Madre tenía para darnos en tono solmene y alegre a la vez: Un padre dominico deseoso que la Orden Dominica estuviera completa en Puerto Rico nos hacía la petición y nos preguntaba si estaríamos dispuestas a hacer una fundación en esta Isla. Ella nos preguntó qué deseábamos contestar. Y todas con ella, ya celebrábamos el gozo de esta primera fundación querida por Dios y llegada a nosotras en el día de nuestra Santa contemplativa y alma de Iglesia, Santa Catalina de Siena.

El Padre Vicente Van Roij era el que animaba este proyecto. La Madre, con su gran deseo e impulsada por la comunidad, respondió pronto al Padre positivamente. Y respondió el padre, a su vez, muy entusiasmado, ya que él no había pensado en una respuesta tan valiente. "Vengan pronto para empezar la fundación tan necesaria -y seguía diciendo- seamos valientes y heroicos."

Realmente estas frases eran casi proféticas, pues hizo falta mucha valentía y providencia de Dios para llegar a realizar esta fundación. Se sufrieron dificultades inmensas, y ayudas que se esperaban, nunca llegaron. La pobreza fue extrema. Hasta se mendigó limosna. En esta prueba de fuego, Madre Teresa María desde Olmedo, y nuestra Madre Teresa Marco desde Puerto Rico, lograron heroicamente sacar adelante ese deseo de Dios, aunque varias veces se cuestionaban si llevar adelante este proyecto, por las grandes dificultades que afrontaban. Madre Teresa María la sostuvo con un «quedaos» a las hermanas que se encontraban en Puerto Rico, dando respuesta a la pregunta que le hicieron desde aquí: ¿Qué hacemos? Así se pronunció Madre Teresa desde la oscuridad de aquella profunda noche que invadía todo.


Desde el 2009 las monjas siguen su misión de orantes en el recién construido Monasterio en Manatí.

Y sin abarcar los detalles de la buenísima gente de esta Isla que también nos apoyó, pasamos de San Juan a Bayamón y de Bayamón a Isabela, y de nuevo a Bayamón; y por fin a Utuado, habiendo pasado por el Colegio de San Idelfonso, con la sombra del Arzobispado, desde cuya terraza se nos veía y se nos hablaba normalmente.

Aunque tuvimos que salir de la Diócesis, el Obispo de Arecibo nos recibió y consiguió lo que era una Casa de Retiros, que en pobreza se podría adaptar como sencillísimo Monasterio, donde vivimos 34 años, hasta que con necesidad de ampliación por las vocaciones que llegaban surgieron signos que no solo nos negaban la ampliación, sino que urgían a salir pronto de ahí y buscar otro paradero.

Es aquí donde el Sr. Obispo de Arecibo, mendigó un terreno a propósito para un Monasterio, y la Providencia de Dios nos regaló su presencia en la gran ayuda que nos prodigaron muchos hermanos, saliendo al encuentro de nuestras necesidades. Así estamos hoy, ya gozando de una Casa de Oración en el pueblo de Manatí, que es nuestro Monasterio Madre de Dios, desde el cual ofrecemos un sacrificio de alabanza por todos nuestros hermanos, los hombres.

Sor Maria Mercedes de la Trinidad, OP